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viernes, 26 de junio de 2020

Vídeo 28 de Junio Día del Orgullo LGBTI+

¿Sabes por qué se celebra el 28 de junio el Día del Orgullo LGBTI? 


Esta fecha fue institucionalizada en conmemoración a los disturbios ocurridos en 1969 en el pub conocido como Stonewall Inn, en Nueva York. Allí comenzó una serie de protestas contra una redada policial a los clientes del local por su orientación sexual.
Aquel fue el detonante de un movimiento en favor de los derechos de los homosexuales, el cual ha ido creciendo con el paso de los años y actualmente se celebra a nivel global con una serie de actividades de la comunidad LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales).

lunes, 18 de mayo de 2020

Un tercio de las personas LGTB en España no va a algunos lugares por miedo y la mitad de quienes tienen pareja evita darse la mano en público



El miedo, el secreto y la violencia siguen siendo realidades a las que cada día se enfrentan las personas LGTBI. Con enormes diferencias, ocurre en todo el mundo, pero incluso en aquellos países considerados más igualitarios es demasiado habitual. Así lo pone de manifiesto la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), que este jueves ha hecho públicos los resultados de una macroencuesta, la más grande hasta la fecha, realizada en la UE, Serbia, Macedonia y Reino Unido durante 2019. Han sido preguntadas casi 140.000 personas LGTBI y la conclusión, también en España, es clara: el colectivo sigue enfrentándose a niveles "elevados" de discriminación y el progreso respecto a 2012, cuando se hizo otro sondeo, es "bajo o ninguno". 
Lo que sí se ha incrementado con el paso de los años es la visibilidad. Cada vez más personas están fuera del armario: un 47% frente al 36% de hace ocho años responde que siempre o a menudo se muestra tal y como es con la familia, los amigos, los vecinos, el trabajo o el médico. En España, donde más personas han sido encuestadas (20.180), el porcentaje es del 53% y es uno de los seis países con mayor visibilidad. 'Nunca' lo elige un 23%, diez puntos menos que en 2012. Pero junto a ello, los resultados "muestran que ha habido muy pocos avances reales, lo que deja a muchas personas LGTBI en situación de vulnerabilidad", sostiene Michael O’Flaherty, director de la FRA.


El estudio es extraordinariamente detallado y arroja información sobre más de un centenar de cuestiones, entre ellas, la discriminación más cotidiana que en muchos casos pasa desapercibida. Así, seis de cada diez personas del total de la muestra que tiene pareja revela que "siempre" o "a menudo" evita darse la mano en público con alguien de su mismo sexo por miedo. España está por debajo, pero aún así alcanza casi la mitad, un 48%. Por otro lado, una de cada tres (32%) afirma que deja de acudir "siempre" o "a menudo" a determinados lugares o espacios, la misma cifra que en el total de la Unión Europea.


Cuando se les pregunta dónde se niegan a mostrarse tal y como son por temor a ser "asaltados, acosados o amenazados", casi la mitad de los encuestados en España (un 47%) dice que en la calle u otro tipo de espacio público y cuatro de cada diez en los medios de transporte. Teniendo en cuenta que se trata de una cuestión con respuesta múltiple, el 32% señala restaurantes, cafeterías o discotecas y un 27%, el lugar de trabajo. El miedo a visibilizarse como LGTBI en la familia o en el hogar es marcado por un 24% y un 12%, respectivamente.

La visibilidad de las personas LGTBI en la Unión Europea

Este mapa muestra el % de personas encuestadas que evita ser visible como persona LGTBI, en distintos escenarios, por miedo a sufrir agresiones, amenazas o acoso, en cada país. Haz clic en el filtro del mapa para seleccionar los resultados de cada escenario
Fuente: UE FRA (European Union Agencia for Fundamental Rights)

Sobre la edad en la que las personas LGTBI suelen "darse cuenta" de que son gays, lesbianas, bisexuales o trans, el 66% tenía entre 10 y 17 años (el 41% entre 10 y 14) y el 61% se lo dijeron por primera vez a alguien entre los 15 y los 24 (la mayoría, un 35%, a partir de los 18).
En esta categoría, la de la visibilidad, la FRA pregunta también sobre el grado de "apertura" en el trabajo. La mayor parte de los entrevistados en el total de la Unión Europea, en concreto el 53%, responde que es visible de forma "selectiva" y un 21% lo es "mucho". España, donde una de cada tres personas afirma esto último, es el segundo país con mayor cantidad de respuestas que aluden estar fuera del armario en el ámbito laboral, solo por detrás de Dinamarca. Y también está en la parte alta de la tabla en cuanto a grado de satisfacción con la propia vida: en una escala del 0 al 10 en la que 10 es "muy satisfecho", el promedio es de 6,9, siendo el octavo país en el que la población LGTBI se encuentra mejor en términos generales.


Mayor apoyo de compañeros en el trabajo

La encuesta pregunta también por la discriminación, la violencia y el acoso. Aunque hay diferencias entre países, la conclusión global, remarca la propia FRA, es que aún hay "demasiadas personas LGBTI que siguen viviendo en la sombra, con miedo a ser ridiculizadas, discriminadas o incluso sufrir ataques". La realidad es que no se trata solo de un temor, sino que ocurre cierta frecuencia. Así, cuatro de cada diez personas en el total de la UE revelan que se han sentido discriminadas en alguna de las siguientes áreas: buscando trabajo o vivienda, en el trabajo, en el médico, en el colegio o universidad, en un restaurante, tienda o cafetería o al mostrar su documentación. En España, coincide el porcentaje: un 42% dice que sí.


Si nos centramos en el ámbito laboral, dos de cada diez personas en nuestro país se han sentido discriminadas por ser LGTBI en el último año, más o menos acorde con la media en la UE. Sin embargo, es el país en el que más personas responden (un 60%) que siempre o a menudo ha habido un compañero o compañera en el trabajo que les ha apoyado, defendido o protegido. El promedio en el total de países se reduce al 41%.


También está España por debajo de la media de la UE en la cifra de personas que reporta haber sufrido algún ataque físico o sexual en los últimos cinco año (un 8% responde afirmativamente frente al 11% del total de países). No obstante, cuatro de cada diez, en concreto el 41% de los entrevistados, señala que ha sufrido algún tipo de acoso "por ser LGTBI" en los últimos 12 meses, entendiendo por acoso haber recibido comentarios, mensajes o correos electrónicos amenazantes u ofensivos, haber sido insultado, amenazado, blanco de gestos ofensivos o perseguido. El promedio de la UE se sitúa en el 38%.
Sin embargo, la mayoría no han reportado los incidentes a ningún organismo u asociación. En nuestro país, solo lo ha hecho un 7% y sobre los motivos para no hacerlo destaca por encima del resto (lo señala un 51% de los entrevistados) que fue algo "menor" o "no lo suficientemente serio". 

Las personas trans, una lucha "cuesta arriba"

Por otro lado, la incidencia de la desigualdad y de la violencia no es la misma para todo el colectivo. Los resultados "dejan en claro", explica la FRA, que las personas trans e intersexuales "enfrentan una lucha aún más cuesta arriba". Un ejemplo ilustrativo es lo que ocurre con la pregunta referida a la discriminación en diferentes áreas de la vida cotidiana en el último año: un 63% de personas trans en España responde que la ha sufrido, 26 puntos más que los hombres gays (37%). Las personas intersexuales ocupan el segundo lugar (61%) y le siguen las mujeres lesbianas (45%). Por último, un 38% de los hombres y mujeres bisexuales se ha sentido discriminado.



En este sentido, el estudio revela las dificultades con las que se topan las personas trans en el ámbito laboral. Y a la pregunta de si se han encontrado con discriminación a la hora de buscar empleo un 38% responden afirmativamente, 27 puntos porcentuales más que la cifra general, del 11%. En el caso, por ejemplo, de la discriminación en tiendas, el 12% del total de personas LGTBI en nuestro país la ha sufrido, mientras que el dato escala hasta 31% en el caso del colectivo trans. 

Qué pasa en los colegios

El estudio incluye por primera vez las experiencias de jóvenes LGTBI de 15 a 17 años y ha preguntado por las vivencias en los centros escolares. De esta manera, comparando las respuestas de los adolescentes con las de los adultos es posible concluir que hay un "progreso de generación en generación", sentencia el propio informe. Por ejemplo, en España, aunque la tendencia se da en toda la UE, la mitad de los encuestados de 15 a 17 años (50%) dice que en la escuela alguien siempre les apoyó o defendió. Esta proporción se reduce a un tercio (26%) para la edad de 18 a 24; al 8% para las personas de 25 a 39 años, y al 6% para los mayores de 40.
Lo mismo ocurre con otras cuestiones como el tratamiento de temas LGTBI en las aulas o la visibilidad. Un 74% de la horquilla de edad más temprana responde que está fuera del armario en el colegio, ya sea total o selectivamente, mientras que la proporción se va reduciendo: un 52% de 18 a 24 años, un 26% de 25 a 39 y un 2% a partir de 40. 
Sin embargo, los centros educativos "están todavía lejos de ser un lugar seguro para los estudiantes LGTBI", señala la Agencia de Derechos Fundamentales. El 43% de los jóvenes del total de países responde que alguna vez ha sido ridiculizado, insultado, amenazado o ha sufrido burlas por ser LGTBI. Nuestro país es uno de los ocho en los que menos personas en esa franja de edad responden afirmativamente, pero aún así la cifra supera el 30% (en concreto, un 34%). Al igual que ocurre con el resto de elementos relacionados con la educación, a medida que se incrementa la edad, la incidencia del acoso escolar aumenta.

Fuente y más información  aquí

domingo, 5 de abril de 2020

El doble confinamiento de jóvenes trans rechazados en casa: «Es inhumano»


El doble confinamiento de jóvenes trans rechazados en casa: «Es inhumano»
VIVIR
Broncas, aguantar que les llamen por el nombre que les pusieron al nacer, reproches por ir a por hormonas, faltas de respeto... la obligación de convivir en familia por el coronavirus es un polvorín
  
Para muchos, la familia es estos días nuestro único refugio. Ya no tenemos a mano a los amigos, ni a los compañeros de trabajo... En sólo tres semanas, nuestra rutina se ha desmoronado y se ha tenido que reconstruir entre las paredes de nuestro hogar, que durante un tiempo aún por determinar –ay, qué dura es esa incertidumbre– va a ser nuestro fortín, nuestro lugar seguro. Pero las cosas no funcionan así para todo el mundo. En estos momentos, quienes tienen mala relación con sus familiares están pasando las de Caín. Imagínense, las 24 horas compartiendo unos metros cuadrados con el 'enemigo'. Es lo que les pasa a algunos jóvenes transexuales rechazados por sus padres y madres y hasta por sus hermanos.

En estos casos, el encierro se llena de broncas, reproches y golpes bajos como el de llamarles por el nombre que les pusieron al nacer, sin tener en cuenta su realidad... Los métodos más o menos refinados de 'tortura' son infinitos, pero todos caben dentro de una vivienda. «Estar confinado con gente que te hace daño (porque el rechazo de quien se supone que debe querernos incondicionalmente es seguramente el más doloroso) resulta muy destructivo», resume Marcos Ventura, al frente de la coordinación del grupo trans de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB). Según explica, para algunos llega a suponer «una condena inhumana», ya que ni siquiera pueden recurrir al apoyo cercano de su grupo de amigos.

«Estar confinado con gente que te hace daño (porque el rechazo de quien se supone que debe querernos incondicionalmente es seguramente el más doloroso) resulta muy destructivo»

Falta de privacidad
Estos días, estamos leyendo muchos artículos bienintencionados sobre cómo aprovechar este paréntesis de nuestras vidas para estrechar la relación con los nuestros. Entonces, ¿no es un buen momento para que se abra un diálogo en casa y algunos padres y madres que no aceptan la transexualidad recapaciten? El planteamiento queda muy bien en los libros de 'mindfulness', pero no resulta en absoluto realista. «Es muy difícil que las posturas cambien de la noche a la mañana. Además, el confinamiento da lugar a situaciones de estrés, especialmente si hablamos de familias que tienen pocos espacios privados, y esta tensión no parece la más adecuada para un entendimiento», aclara Ventura.

Mané Fernández, vicepresidente de FELGTB y psicólogo, cree que el periodo posterior a la cuarentena tampoco va a ser un camino de rosas: «Cuando todo esto pase, nos podemos encontrar con menores o jóvenes que necesiten apoyo psicológico para tratar las consecuencias de este encierro. No podemos olvidar que lo que están sufriendo es violencia psicológica».

Raquel y Clara, dos jóvenes transexuales víctimas de este rechazo familiar, nos cuentan cómo están sobreviviendo a estos días. Lo hacen por ordenador, ya que ni siquiera pueden permitirse que sus padres las oigan hablar de este tema. Por miedo. Para evitar un conflicto. Este martes tuvieron que pasar el Día de la Visibilidad Trans calladas y metidas en su cuarto. «¡Qué ironía!», dicen.


Raquel, 22 años
«Mi madre no lo acepta, insiste en que una 'secta' me ha lavado el cerebro»
«Soy Raquel, tengo 22 años y vivo en un barrio de Madrid. A los 6 años ya notaba que había algo en mí que no encajaba, que no era como los demás chicos... y con el paso del tiempo empezó a rondarme la idea de que yo debería haber sido una chica. Hasta mi adolescencia no supe ponerle nombre a 'aquello'. Cuando descubrí lo que eran las personas trans, las piezas empezaron a encajar, pero tenía una visión de esta realidad muy distorsionada y tardé años en aceptarme: lo dejé correr y pensé que ya se me pasaría con el tiempo, pero evidentemente no fue así.

En mi familia solo lo saben mis padres y mi hermano, que no lo aceptan, y dos primos que sí. Al principio mi madre decía que me apoyaría, incluso me regaló una falda y unos pendientes de clip. Sin embargo, con el tiempo cambió radicalmente de opinión e insiste en que estoy confundida y que digo que soy trans solo por moda. Con este panorama familiar, el confinamiento es complicado, ya que me hacen continuamente 'deadnaming' (llamar por el nombre que le pusieron al nacer) y 'misgendering' (referirse con otro género a una persona trans). Además, los momentos de bajar a la farmacia a por las hormonas son horribles, porque mi madre me hace sentir mal diciendo que eso no es importante en estos momentos.

Debido a la actitud de mi familia, me he ido de casa alguna vez después de una discusión fuerte... Pero ahora no puedo, claro. La última vez que lo hice, al volver, mi madre me llamó Raquel (es la única vez que lo ha hecho) y dijo que intentaría aceptarme, pero que le costaría. Esto fue un viernes. ¡Y ese mismo domingo volvió a decirme que estaba confundida y que me estaba equivocando!

Me gustaría que esta cuarentena sirviese para que mi familia aceptase mi realidad, pero sé que eso no va a pasar. Asistimos a terapia familiar, hablaron con mi psicólogo y fuimos a una asociación LGTB, pero nada de eso sirvió para que me comprendieran. De hecho, antes del confinamiento iba a un grupo de jóvenes LGTB y mi madre considera ahora que eso es una 'secta' donde me han lavado el cerebro».

Clara, 21 años
«No hablo con mis amigas por temor a que me oigan, mi casa no es segura»
«Soy una chica trans y me llamo Clara, tengo 21 años y vivo en la periferia de Madrid. Me di cuenta hace casi tres años de que el género que me habían asignado al nacer no era el mío. Sin embargo, es algo que no puedo exteriorizar en mi familia debido a lo conservadores que son. Mi madre ya sabe que soy bisexual y lo lleva mal, porque es de este tipo de personas homófobas que dicen no tener problemas con la gente que no es hetero mientras 'no hagan exhibicionismo ni proselitismo'. Es decir, que para ella no está mal no ser hetero, pero sí cualquier forma de expresarlo. Os podéis imaginar lo mal que le sentó saber que en su familia había alguien así. Mi padre es aún peor, cree en teorías de la conspiración como que la comunidad LGBT+ y el feminismo son invenciones judías hechas para atacar a la raza blanca impidiendo que tengan hijas (o, mucho más importante para él, hijos). Además es muy controlador y verbalmente agresivo (aunque nunca ha llegado a las manos). Así que mi casa no es para nada segura para mí... ¡Y lo sería aún menos si saliera del armario! Por eso no pienso decirles que soy trans hasta que sea económicamente independiente.

Y con el confinamiento... Pues se están creando aún más fricciones entre mi padre y el resto de la familia, ya que lee muchas teorías de la conspiración respecto al virus y esto le hace alterarse mucho, creando una ira que descarga sobre nosotras gritándonos a la hora de las comidas. De hecho, varias veces durante este confinamiento se ha enfadado conmigo por no querer comer postre (ya que, como me muevo menos, tengo menos hambre), diciendo que soy una «artista del hambre» y que «presumo de lo poco que como». Esto es absolutamente falso, un ataque directo.

Pero fuera de esos momentos no llevo mal el confinamiento. He conseguido hacer una rutina de estudio, ejercicio y leer/ver series o películas que hacen que este periodo esté siendo más llevadero. Chatear con amigas con las que estoy fuera del armario también ayuda muchísimo, pero no puedo hacer llamadas ni videollamadas por temor a que me escuchen mis padres».

Fuente y más información aquí

viernes, 28 de junio de 2019

Fotos Acto institucional del Ayuntamiento de Valladolid en el Día Internacional del Orgullo LGTBI



Movimiento contra la Intolerancia se ha sumado al Acto institucional del Ayuntamiento de Valladolid para celebrar el #DiaInternacionaldelOrgulloLGTBI ️‍️‍    con un estupendo manifiesto por parte de Héctor Matesanz "Lady Veneno"


Una fecha para instar a la #Tolerancia y la Igualdad de Derechos del colectivo LGTBI+
Os eperamos en la Manifestación del #OrgulloLGBTI2019¡¡

Salida Fuente Dorada a las 19.30h y actuación de la Orquestina Anarcoyeyé en la Plaza San Benito a las 21.30h #Pride2019#LoveIsLove


jueves, 27 de junio de 2019

50 años de Stonewall, los disturbios que iniciaron la revolución gay

El mundo entero recuerda cada año esta reyerta en el marco de la celebración del Día Internacional del orgullo LGTBI.

Detalle del cartel de Peter Hujar para el Frente de Liberación Gay 

Sylvia Rivera tiene 18 años. Está bailando en una discoteca con sus amigas, cuando unos policías irrumpen en el lugar. Obligan a los asistentes a mostrar su documentación, y, cuando le llega el turno a Sylvia, el agente le pregunta si es hombre o mujer. Ella lo tiene claro. Se siente molesta e intenta agredir al agente. Ella y el resto de sus amigas son arrestadas por no llevar tres prendas de ropa de hombre acorde a su identificación, algo que dicta la ley. Esto fue la chispa que inició los disturbios de Stonewall, una revolución que lucha contra los prejuicios, leyes, gobiernos, partidos políticos y religiones.

El Stonewall Inn había sido un restaurante y club nocturno que frecuentaban personas heterosexuales durante la década de los cincuenta. Sin embargo, el local fue adquirido en 1966 por tres miembros de la Mafia que lo reabrieron como un bar gay, una práctica muy común. Los socios de este nuevo negocio decidieron reabrirlo como un “club de bebidas” privado, lo que les eximía de la prohibición de servir alcohol sin licencia. Aun así, el apodado “Tony el Gordo”, gestor principal del local, pagaba alrededor de 2.000 dólares en sobornos semanales al Sexto Recinto de la Policía de Nueva York.

Una vez inaugurado el local, sus asistentes podían refrescarse con una bebida –normalmente adulterada con agua- servida por una drag queen llamada Maggie Jiggs. Dejando la barra a un lado, el principal lugar de reunión de los asistentes era la pista de baile, iluminada con luces oscuras. Aunque pueda sorprender a más de uno, la iluminación jugaba un papel principal, puesto que “en el caso de que llegara inesperadamente la policía o un hombre sospechoso con ropas de secreta, unos focos alumbraban instantáneamente la zona de baile, indicando a todo el mundo que dejara de bailar o se los llevarían”, tal y como detalla en Stonewall: El Origen de una revuelta el historiador estadounidense Martin Duberman.

Las personas que frecuentaban el Stonewall eran transexuales, travestis, negros y jóvenes que se dedicaban al trabajo sexual. Su gran mayoría eran adolescentes a los que su familia había echado de casa debido a su condición. Estos miembros del colectivo solían acampar en un parque emplazado frente al Stonewall. Sin embargo, había figuras como Bob Kohler, que sería más tarde un referente en el Frente de Liberación Gay, que solía ayudar a mujeres trans y afroamericanas. Según Loren González, Secretario de Organización de la Federación Española de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales, las mujeres trans y racializadas eran el “grupo más vulnerable”.

Sylvia Rivera tenía 18 años cuando se iniciaron los famosos disturbios de Stonewall. De ascendencia portorriqueña y venezolana se convertiría posteriormente en una de las activistas más reconocidas del colectivo trans. Esta adolescente había abandonado su vida de trabajadora sexual para convertirse en reponedora, lo que para ella era “un buen trabajo con un buen jefe que le permitía llevar maquillaje si así se sentía bien”, apunta Martin Duberman. Pese a su reticencia, Sylvia acudió a la fiesta en el Stonewall de su amiga Marsha P. Johnson la madrugada del sábado 28 de junio de 1969.

La Policía irrumpió en el local de forma inesperada, pidiendo a los clientes que formaran una fila y sacaran su documentación. Parecía una redada basada en el patrón habitual, por lo que solo serían arrestados quienes fueran sin documentación. Uno de los policías se acercó a Sylvia y le preguntó si era hombre o mujer. Ella, molesta, casi agrede al agente, pero el novio de esta la detuvo. Sin embargo, un policía se la llevó a la fuerza hasta la puerta del local. Otras mujeres fueron arrestadas por no llevar el mínimo de tres prendas de su “género” por ley.

La acción policial sorprendió a la administración del Stonewall, que normalmente recibía un aviso de la policía a la que sobornaba en caso de redada. Pero, en esta ocasión, la redada estaba protagonizada por federales. La Oficina de Alcohol, Tabaco y Armas de Fuego (BATF por sus siglas en inglés) había averiguado que las botellas de alcohol que utilizaban en el club carecían de sellos federales, y “al poner bajo vigilancia al Stonewall, la BAFT había descubierto la alianza corrupta del bar con la comisaría del Distrito Sexto”, según puntualiza Martín Duberman.

Algunos de los clientes que estaban siendo registrados en esta redada profirieron abucheos hacia la policía al ver que detenían a gente a remolque y las llevaban a la furgoneta. Cuando ese grupo de clientes se convirtió en una muchedumbre considerable a su retaguardia, los policías comenzaron a golpear a diestro y siniestro. Esta situación sorprendió a los agentes, ya que el colectivo LGTBI estaba respondiendo a la represión policial burlándose de ellos y arrojándoles al cuerpo lo primero que cogían. Tal y como apunta el estudioso del cine y escritor español, Alberto Mira: “Estaban acostumbrados a que la gente se callara, pero estos devolvían los golpes. Gente gay, trans y latina respondió a algo a lo que normalmente no se respondía”.

Como resultado de esta reyerta que se alargó hasta altas horas de la madrugada, cuatro agentes acabaron heridos y una treintena de personas ingresó en los calabozos de la comisaría del Distrito Sexto, de las cuales, siete eran empleados del Stonewall. Los detenidos tenían cargos que iban desde persecución por resistirse al arresto hasta la desobediencia.

Al día siguiente, los antidisturbios estaban colocados en línea a lo largo de la Christopher Street desde el Stonewall. Las trans que protagonizaron la velada anterior comenzaron a entonar una canción y a alzar sus piernas, a lo que los antidisturbios respondieron lanzando sus porras sobre las costillas. Sin embargo, a diferencia de la noche anterior, el gentío había crecido considerablemente y era más difícil de controlar. Aun así, “los policías venían determinados desde el principio a sofocar la rebelión, a aporrear cabezas y romper huesos”, apunta Duberman.

La tranquilidad inundó la ciudad de Nueva York las dos noches siguientes, en gran parte debido a la lluvia. El colectivo aprovechó estos momentos para organizarse, para “hablar, reflexionar o hacer estrategia”, señala Loren González. Después de este tiempo de relativa calma, llegó la noche del miércoles, momento en que tuvieron lugar una serie de sucesos que recordaban a lo ocurrido durante el pasado fin de semana: se prendió fuego a contenedores y se lanzaron botellas a los agentes.

La del miércoles fue la última noche de disturbios, pero cuando llegó la manifestación frente al Independence Hall solo dos días después, el cambio resultaba evidente. Se palpaba algo distinto. De entre las setenta y cinco personas que se manifestaban, surgieron dos mujeres que comenzaron a caminar juntas de la mano, esto significó que “los acontecimientos de Stonewall habían tenido su efecto”, indica Duberman. Aun así, Frank Kameny, el que fuera organizador de la manifestación, hizo que ambas soltaran sus manos.

Lo ocurrido en las calles de Nueva York en 1969 ha pasado a la historia por diversos motivos: la ubicación, las calles estrechas de la ciudad que favorecían a los manifestantes y la movilización de personas queer. Ya había habido disturbios antes, pero lo más representativo de estos es que, a día de hoy, se siguen rememorando en el marco de la celebración del Día Internacional del orgullo LGTBI. Tal y como apunta Alberto Mira, “Stonewall es un momento crítico, es muy importante porque, desde entonces, el colectivo sale a la calle porque tiene algo que celebrar. Antes se hacía todo en secreto”.

Cincuenta años después, personas como Sylvia tienen que seguir respondiendo a preguntas sobre su género.

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